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martes, 4 de septiembre de 2012

Crónicas llaneras III


Volvemos con un episodio más de estas crónicas reales del silbato. Un título alterno podría ser, “El día que (literalmente) cambié la roja por la amarilla”.

El año no lo recuerdo bien, debe haber sucedido por allá de 2005, más menos un año (ya parezco encuestador político). En ese período, ya había dejado el arbitraje profesional, pero seguía dentro de la Comisión como asesor y Delegado de los silbantes jaliscienses. A pesar de tener esos encargos “profesionales”, me seguía dando mis escapadas al amateur para no perder mi contacto directo con el silbato; me servía mucho para evaluar a los árbitros.

El caso es que por esas fechas, llegó una recomendación de la Comisión, en la que se otorgaba a los jueces la posibilidad de evaluar jugadas que parecían violentas, antes de tomar una decisión disciplinaria. Concretamente, era en jugadas en los que utilizaban los codos y brazos para golpear a un adversario, y el fondo de todo esto era muy simple: Si había sangre, era expulsión.

Pues allá fui a la pequeña ciudad de Tepatitlán, en Los Altos de Jalisco, a dirigir un encuentro de la 4ta División. Iba con mis dos asistentes del Colegio de la Asociación del Estado de Jalisco, de quienes no recuerdo sus nombres (una disculpa por adelantado por el olvido).

Lo mencionado anteriormente de la “recomendación” sirve para contexto de lo que sucedió posteriormente en el terreno. Adicional a este tema, en esa ocasión me sentía muy innovador, y decidí guardar mis tarjetas en los bolsillos cambiados, es decir, la amarilla en el short, y la roja en la camisa.

Los procedimientos tienen una razón de ser, y aunque no es regla ni nada, a los árbitros mexicanos nos enseñaron que la roja va en el calzoncillo y la amarilla en la camisa. Todos lo saben, y yo traté de hacerme el chistoso, para aprovechar esto en caso de tener que mostrar una tarjeta.

Pues sucede que en un momento del primer tiempo, un jugador del equipo local brinca junto con un adversario a disputar un balón por alto. Levanta el codo de más, y hace contacto con el rostro del rival. En primera instancia, olvidando la posibilidad que tenía de esperar a ver si había sangre (por más ridículo e ilógico que parezca), decidí que la amonestación era lo correcto. Me llevé la mano al bolsillo [del] trasero, pero antes de sacar la tarjeta, el capitán del equipo local me grita a todo pulmón: “¡No mames!”.

Continué con mi movimiento para sacar la amarilla del short y se la mostré al jovencito de lengua fácil. Seguramente esperaba ver el cartón rojo en su rostro, pero cuando se percató que era amarilla, parece que volvió a la vida.

Ya con la cartulina de amonestación en la mano, se la mostré al infractor primario, para acto seguido verificar al jugador contrario que se dolía amargamente. Oh sorpresa, cuando veo el hilo de sangre brotando de la ceja. A pesar de que ya había enseñado la amarilla, saqué la roja de la camisa y se la planté al agresor en todo lo alto.

Claro que hubo protestas por el cambio de decisión, hasta malestar por el “engaño” de traer las tarjetas cambiadas, pero al final, la justicia prevaleció, aunque el procedimiento fue verdaderamente caótico.

La enseñanza fue muy clara en varios sentidos para su servidor. Primero, árbitro que inventa, árbitro que tiene muchas más posibilidades de meterse en una bronca. Y como ha sido mi costumbre, me metí en una. Segundo, hay que tener más calma para decidir las sanciones disciplinarias, especialmente cuando se tiene la instrucción de hacerlo, en pro de la justicia deportiva.

Ese día, más que en ningún otro caso que conozca, la cambiadera de tarjetas amarillas por rojas se convirtió en una verdadera pachanga. Y pachanga en temas arbitrales, es mi segundo nombre.

Y por si tenían algún pendiente, nunca más he vuelto a “innovar” con la colocación de las tarjetas en mi uniforme.

@ReglaCinco @javierglevy

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