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martes, 5 de marzo de 2013

Tarjeta roja a la violencia


La nota de la semana pasada fue la violencia que se vivió en algunos estadios de futbol de México. Los hechos de los “barristas” de Chivas atacando a los aficionados leoneses en los alrededores del Omnilife fueron ampliamente difundidos, al igual que los graves disturbios entre las parcialidades de Gallos y Atlas en Querétaro, y en menor medida la bronca entre las aficiones de San Luis y Pumas, en la visita de los universitarios al Alfonso Lastras.

Cuando apenas empezábamos a reponernos de ese fin de semana negro, mejor dicho rojo por la sangre que lo manchó, vino un episodio igual o más lamentable en Neza, cuando las Águilas visitaron a los Toros en un encuentro de la Copa.

Este brote de violencia fue mucho más inexplicable que los otros, sin querer decir que la violencia tiene motivos reales, sino que no se entiende cómo se puede iniciar una gresca entre aficiones de equipos de distintas categorías. Chivas vs León tiene su historia, al igual que las aficiones de Gallos y Zorros, que se remonta años atrás; lo mismo pasa con San Luis y Pumas, que son de las “barras” más mal portadas del país (por decir una infantilada y no llamarle nefastas a esos hordas de seudoaficionados).

El caso es que la guerra, literal, que se desató en Neza, terminó de prender los focos rojos con respecto al descontrol que tienen los equipos, y la misma liga, de las aficiones que los acompañan. Es un monstruo de mil cabezas que se ha desarrollado al amparo de las directivas, del anonimato y de la complacencia de las autoridades, tanto civiles como federativas.

Es tiempo de que se geste un verdadero cambio en el control de los grupos de animación, “barras”, porras o como quiera llamarle. La credencialización es un tema prioritario; los protocolos de seguridad deben ser más estrictos, al igual que las revisiones en el perímetro del estadio y en los accesos; los castigos de la Federación deben ser más contundentes, y las autoridades civiles (léase gobiernos estatales y federal) deben legislar en torno a los espectáculos deportivos masivos, para que los infractores al orden público sean detenidos, procesados y castigados.

Si es de todos conocido que la nueva Liga MX se basa en la organización de la Premier League inglesa, es momento de copiar también el manejo que aquélla hace de los aficionados rijosos. Un gran ejemplo, es el método para impedir que los desadaptados que han sido detenidos previamente haciendo desmanes en un estadio, no vuelvan a acudir mientras dure su sentencia. En Inglaterra, aquel “aficionado” que tiene prohibida la entrada a cualquier estadio de futbol, debe presentarse el día del partido de su equipo en la comisaría a pasar lista, y permanecer ahí durante el transcurso del mismo, o en otros casos, de la selección nacional. Incluso se les confisca el pasaporte cuando su equipo nacional viaja a otro país. La pena por no presentarse es arresto, cárcel y una nueva sentencia más severa.

Para llevar al cabo este método, es necesario que los congresos estatales, y hasta el federal, creen una ley específica y la pongan en marcha en cualquier espectáculo deportivo del país, sin ser exclusiva del futbol, se debería extender al beisbol, basquetbol y cualquier otro deporte que atraiga masas a un recinto público.

En la jornada que acaba de terminar (la 9), los actos violentos de la tribuna, o fuera de ella, permanecieron en casa, pero esta vez se trasladó a la cancha. Se presentaron cinco expulsiones durante los nueve juegos de Primera División, tres de las cuales fueron por jugadas muy violentas, que pusieron en riesgo la integridad de los adversarios. Israel Castro (Cruz Azul), Paul Aguilar (América) y Joshua Ábrego (Tijuana), vieron el cartón rojo por golpear de muy mala leche a sus rivales. Los árbitros que mostraron la cartulina escarlata, Marco Rodríguez a los dos primeros, y César Ramos al fronterizo, juzgaron de manera adecuada estas acciones. El prietito en el arroz fue del mismo Ramos, que dejó en la cancha al capitán atlista, Leandro Cufré, que de tremendo codazo en el rostro, le rompió el pómulo al xolo Édgar Castillo, que incluso este lunes tuvo que ser operado de la fractura. Y además era penal (pa’ acabarla de amolar).

Violencia genera violencia y es momento de detenerla. Todos los actores de nuestro futbol, desde la trinchera que nos corresponde dar las batallas, tenemos la obligación moral de hacer algo. Aquí va mi aportación.

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